- - | Por: | Programa: Sonidototal (16:00 - 18:00 hrs.) | Más tarde: Cinefagia (18:00 - 19:00 hrs.)

 
Trainspotting 2 y el hedonismo en la era digital
Miércoles, 09 de Noviembre de 2016 10974 Rock 101 0

Trainspotting 2 y el hedonismo en la era digital

 

Por B7XO (@Btxo)


No sé nada aún del tratamiento que Danny Boyle le aplicó a 'Porno' de Irvine Welsh en su película 'T2' más allá de lo ambiguo que han mostrado los avances y ese tibio esbozo hacia la nueva era digital en algún diálogo extraviado. 

 

Cuando el mismo Boyle presentó 'Trainspotting' en 1996, el grueso de los entusiastas que conocíamos la obra literaria del oriundo de Edimburgo éramos experimentadores nacientes del hedonismo de las drogas blandas y su mezcla con la música (que no con el rock en específico), así como de la aparente libertad paternal, y nos congratuló que la curva de los personajes era, hasta cierto punto, terrenal. No obstante, distábamos de ser adeptos al consumo de sustancias más fascistas como la heroína, pero valía la pena el riesgo de aventurarse en ese universo de ficción.

 

 

No es extraño, por muy sorpresivo que resulte, que seamos pocos los que esperamos con regocijo el estreno de 'T2' lejos del interés de algunos miembros de nuestra generación y obviamente de las nuevas generaciones más acostumbradas a los excesos vívidos y virtuales gracias a la penetración de las redes sociales y su uso indiscriminadamente lúdico y, hasta cierto punto, patético. 

 

La dificultad de antaño para conseguir drogas se franquea gracias a los alcances de la deep web; y el hedonismo sexual, visto como un negocio en esta nueva entrega, no es mayor al placer de quienes, con la facilidad con que se envía un archivo por Whatsapp, rubrican una versión porno de ellos mismos gracias al sexting. 

 

Lo que debería ser visto por las generaciones más jóvenes como el regreso de los Rolling Stones de la literatura hedonista ha sido adoptado con una pasmosa indiferencia:

 

“¿Qué tienen de rudos Sick Boy, Begbie y Renton que no tengamos nosotros?”

 

Tampoco es que se trate de incluir al autor de 'Trainspotting' dentro de los bordes de un Burroughs en 'Junkie' o 'The Naked Lunch', pero es verdad que la obra de Welsh requería un impacto efectivo en quienes deseábamos ver algo más que lo que nuestras imágenes mentales nos facturaban, y Boyle lo consiguió. 

 

La representación carnal de Renton en el crisol de nuestro ego se evidenció en lo que alguien pudo lograr después de ver 'T1': o dejaron las drogas o se consumieron en ellas. Pero lo cierto fue que, dentro de las mentes educadas, la moraleja de 'T1' obró de manera importante para el derrotero de cualquier iniciado y, a los incautos, les enseño algo de buena música. 

 

 

Para nadie es un secreto que después del madrazo que fue el OST de 'T1' la cultura rave en América Latina tuvo no un repunte sino un nacimiento enternecedor y en ocasiones exagerado pero plausible. El rock elemental fue dejado de lado y la consecución de notas secuenciadas generó un nuevo vicio. No resulta exagerado afirmar que importantes DJs y productores como Armin van Bureen, Chicane o David Guetta le deban demasiado a aquella película respecto a sus alcances en países no educados para la música electrónica. 

 

En este caso, en una parte de la película, 'Born Slippy', de Underworld, aderezaba una escena de esperanza plástica precisamente contrapuesta al speech inicial que rezaba: “Choose a life…” en el cual se pretende satanizar, o delinear, la necesidad consumista del capitalismo como reducto de la comodidad humana. Gracias, Boyle, por ese contraste. 

 

La potencia con la que ataca la escena el dueto formado por Karl Hyde y Rick Smith generaba una coda esencial para quien se erige como un perdedor pero se ha encontrado con una nueva vida que desconoce pero que en el fondo, desde el principio, le atrae como las heces a la mosca. El mensaje que Boyle pretende facturar es que los perdedores también sufren, aunque vayan ganando. 

 

'T1' es una trampa y sí, tiene moraleja. 

 

Claro que los cuatro fabulosos tenían que volver, esta vez para hurgar en otro elemento esencial del hedonismo humano que, en estas épocas, no requiere mayores estrategias que estar en línea. 

 

Quizás la omisión de Boyle fue llegar a destiempo y 'T2' puede llegar a ser un filme de culto para algunos pocos. De igual manera, la penetración que esta nueva entrega requiere es arroparse en un OST tan efectivo como el anterior, buscando la fortificación de bandas añejas acordes al sentimiento heredado de 'T1' para no caer en banalidades ni efectismos baratos que pretendan enganchar a las nuevas generaciones. 

 

Porque los drogadictos más adorados de la historia del cine, ahora metidos a pornógrafos, necesitan un cobijo educado, cuidado, fino y nada rupestre, mucho menos simplista, para anidar en las mentes de quienes no han visto 'T1', o no les hace mella, y se sientan identificados con esos cuatro entes cuyas personalidades pueden alojarse en el inconsciente de cualquiera. 

 

Mientras tanto, las viejas generaciones que deseábamos desayunar escuchando a New Order con nuestros padres tenemos la responsabilidad de explicar y compartir qué demonios fue 'T1' y su OST. Y mostrar el mismo regocijo que vomitamos cuando vemos en escena a los Stones o a Kraftwerk. 

 

La pregunta es, ¿a quién van a invitar a ver 'Trainspotting 2'?

Comentarios

Notas relacionadas