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Salud por Rock 101
Martes, 20 de Diciembre de 2016 1755 eRRe 2

Salud por Rock 101

Escaso par de horas tenía de comenzado 2016 y yo ya había vaticinado que sería un bodrio. Ojo: “vaticinado”, que no “decretado”, como acusan algunas amigas new-age a quienes quiero mucho pero están un poco despistadas al restar importancia a mi don vidente. Lo vaticiné porque no fue ningún buen augurio que un tipejo que me aventaja mucho en eso de ser chavorruco (como por dos décadas) me robara el celular, resentido por algún asunto pasado con una dama (no le pude reclamar porque hábilmente abandonó el festejo antes que yo); nada de que "lo decreté", por favor, si yo llegué con la intención de pasar el mejor Año Nuevo de todos los tiempos… y casi lo paso, hasta que me di cuenta de que me habían robado el celular. Mala señal.

Y el 2016 que me da la razón, ¿a poco no murió Bowie cuando todavía no nos acostumbrábamos a cambiar el 6 por el 5 en los documentos? De él ha corrido tanta tinta que no puedo agregar más que, como el ñoño que soy, celebré su cumpleaños escuchando sus discos –entre ellos el nuevo- y al día siguiente ya no estaba. Luego mi Lalo Tex. No es que tuviera una relación cercana, pero me gustaba su música, y le gustaba a mis amigos, y cuando uno de ellos se hizo cineasta, dobló la voz de un personaje, Celedonio, un colega profeta ciego en la película de animación La Revolución de Juan Escopeta. Y una vez platicamos con él y su carnal, Chucho, en un camerino, no recuerdo mucho de la conversación porque me había embuchado varios jaiboles –citando a los antiguos griegos-, pero había un retrato de los Beatles, y cabuleamos que la banda Tex-Tex era como los Beatles mexicanos, y todos nos cagamos de risa. Y luego Lalo se muere, prácticamente arriba de un escenario, y yo le lloré, porque Tex-Tex tocaba desde los antros fresas hasta los hoyos fonquis, y me cae que no estamos sobrados de la buena lid rocanrolera que tiraba el maestro Lalo Tex .

Volviendo a Bowie, cuando murió yo pensaba: "bueno, pero seguirmos teniendo al Bowie de nuestra generación, que es Prince". Entonces... entonces, ¿para qué les cuento?

Ya el final de 2015 había sido pesado. Un día –en medio de un drama laboral- me hablan para avisar que un amigo estaba muerto. Yo pensé que había sido la moto, pero fue la horca que adaptó en su baño, colgada de su barra para hacer ejercicio. A principios de año, el padre del amigo que me bautizó “eRRe” fue abatido por el cáncer, mientras el mío sigue agonizando. El día de mi cumpleaños mi made me regaló una llamada para decirme que no podía levantarse de la cama, así duró meses. Escuché mucho Electro-Shock Blues, un disco de los Eels.

Esa dama por la cual el sujeto aquel me robó el celular, era una chica que conocí el año pasado como mesera de un bar, me gustaba, mucho, pero a ella le pareció mejor partido andar con un dealer (sí, de esos que venden droguitas, mota, perico, tacha, ajo, pásele), así que preferí alejarme de ella. Por otro lado, conocí a la hija de 2 años de la chica que realmente me gusta, la chica que realmente me gusta y yo nos conocemos como desde hace dos décadas  y 300 vidas atrás, no podemos evitar buscarnos, pero preferimos no encontrarnos. Esa niña es la hija que tuvo con el hombre por el cual la perdí, descubrir la inocente sonrisa de la criatura que definitivamente la separaba  de mí (nunca compartiremos algo tan fuerte) me desarmó de ternura, y yo nunca he sido muy bueno para saber qué hacer con la ternura.

Quedé desempleado. Durante los últimos 4 años había vivido en un mundo de cómic (eso hacía), algo que suena tremendamente divertido (y lo es), pero también tremendamente exigente, un poco como una novia psicópata, te entretiene aunque siempre te tiene agarrado del cogote. Pero la novia me dejó, así que como corresponde a estos casos me hundí en un túnel de Netflix, Internet y cerveza. En ese periodo me eché las series Mr. Robot, Black Mirror, Preacher, Misfits, BoJack Horseman, Animals, Sex, Drugs & Rock’n’Roll,  Luke Cage, Vinyl y Roadies , todas recomendables, si bien en el caso de las últimas dos nunca sabremos cómo continúan (fueron canceladas); documentales musicales como Jaco, Amy, What Happened Ms. Simone?, All Things Must Pass: The Story of Tower Records,  All or Nothing (sobre Frank Sinatra), Under the Influence (sobre Keith Richards), Nothing Can Hurt Me (sobre Big Star), Reincarneted (sobre Snoop Dogg), amé la película Born to Be Blue (sobre Chet Baker) y detesté Miles Away (supuestamente sobre Miles Davis), también por su bien ahórrense ver Love & Mercy (supuestamente sobre Brian Wilson). Otras películas que amé durante 2016, no necesariamente lanzadas en este año, fueron: Deadpool, The Lobster, Captain America: Civil War, We Bought a Zoo, The Peanuts Movie, A Serbian Film (amada de manera muy disfuncional), Fanboys, The Gambler, Neon Demon, Valhalla Rising, Genius y Roadie. Y aunque no soy gamer me clavé en documentales de videojuegos como Man Vs. The Snake, The King of Kong, Atari: Game Over.

Fui a un puñado de conciertos, menos que en 2015, aun así varios –me dicen. De ellos guardo especial cariño a las presentaciones de P.i.L. y The Who, dos bandas importantes para mí que estuve a punto de perderme, pero que acabé viendo gracias al mayor regalo que depara la viña del Señor: un amigo.

Pasé una noche en vela oyendo en “repeat” Skeleton Tree, el álbum que Nick Cave publicó junto a sus Malas Semillas, me embargó el desasosiego de que un hombre fuera capaz de vaciar tanto dolor en esas canciones. Con el de Leonard Cohen, You Want It Darker, no fue tanto desasosiego como quedarme pasmado ante un caballero que tiene la cortesía de entregarnos la liturgia de su muerte para unos días después ejecutar el acto final.

Seguro hice algunas otras cosas, pero si no las recuerdo, supongo que no importan demasiado. Hacia el fin de año, cuando yo mismo habría apostado en mi contra, me invitaron a colaborar en Rock 101.

La emoción me dificulta expresar lo que esto significó para mí. Rock 101 es una de las entidades a las que debo ser quien soy, para bien o para mal. Yo crecí escuchando a Abel Membrillo, William Hiarmes, Jordi Soler, Lyn Fainchtein, Jaime Pontones y Luis Gerardo Salas. Ellos me enseñaron a saber qué quería hacer de mi vida antes de saber a qué profesión dedicarme, lo que quería hacer de mi vida era una canción y una historia que la acompañara. Para eso no hace falta hacer música, o hablar de música, o ser doctor, licenciado, barrendero. Todos podemos hacer de la música una canción y una historia, hacer de la vida belleza y razón.

Pasé de cumplir un sueño de mi niñez (los cómics) a cumplir un sueño de mi adolescencia (la radio), y de repente me encuentro que Luis Gerardo Salas me regaña o me felicita, y de cualquier manera se siente como el consejo de un sabio Jedi. Y me siento agradecido con Karina por haber confiado en mí, con Jorge por haberme aconsejado y con Pau por prestarme su programa para familiarizarme con el público rockcientoúnico. Y ahora tengo un programa ahí. Y yo pienso que me estoy tardando en crecer si apenas pasé de cumplir mi sueño de la niñez a cumplir mi sueño de la adolescencia. Pero lo bueno es que estoy creciendo. Y si bien ahora mismo no tengo la certeza de qué será de mí en los próximos meses (si acabaré viviendo debajo de un puente, o en la cárcel, o en el manicomio), se siente como el País de las Maravillas. Y aunque en mi mesa esta Navidad no habrá manjares fastuosos, yo quiero proponer un brindis, un brindis por Rock 101.

 

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