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7 años
Ésa no me la dediques
Martes, 18 de Octubre de 2016 9260 Rock 101 0

Ésa no me la dediques

 

Por B7XO (@Btxo)

 

A mi amigo El Toronjo se le ocurrió invitarme a su casa para presentarme a su nueva novia. Estaba tan orgulloso que armó una mesa de quesos y carnes frías, un par de botellas de vino Nobile di Montepulciano y otra de mezcal que mercó allá en Oaxaca con artesanos emprendedores. Le decimos El Toronjo por redondo y cacarizo pero tiene tan buen ángel que es como un enorme Oso; ya hay otro amigo al que le decimos El Oso así que se le quedó El Toronjo, ni modo.

 

El Toronjo también es un gran conocedor de música así que la velada estuvo aderezada con una buena seguidilla de piezas programada en su iPod. El Toronjo es divorciado, como yo, pero a él le costó más trabajo sobreponerse y, por encima de todo, conseguirse una buena novia, así que era evidente su orgullo por la Mafer.

 

El problema con El Toronjo es que tiene mala memoria en sus cinco sentidos, pero cuando activa el sexto gracias a unos buenos tragos, la memoria fallida parece resetearse, restablecerse sin avisar. Y todo iba bien, inclusive hasta pesadamente cursi cuando puso 'Lady in red' de Chris de Burgh, y me dijo, con la confirmación de la Mafer, que ésa era la canción que iban a bailar en su boda. Luego se tomaron de las manos y se besaron generando un momento incómodo al que le reduje los niveles de glucosa empinándome dos mezcales de golpe.

 

Creí que el tema había muerto ahí, pero dos botellas de vino después, ya con la cara tan chapeada como una toronja, el idiota del Toronjo se puso a recordar su boda fallida y, como me lo temía, conmemoró, con el horizonte de la cordura extraviado por la emoción de esa memoria que por lo visto aún le punza, que su vals de recién casados había sido precisamente el único éxito de Chris de Burgh. Hasta ahí la velada porque la Mafer me dijo en tono de orden: “Bicho, acompáñame a tomar un taxi”.

 

Alguna vez, platicando en un viaje por carretera de regreso de Acapulco con mi amigo Arturo Flores, hoy editor de Playboy, mientras César Anaya, editor de Rock Stage, caía en coma en el asiento trasero por una infección estomacal y un piquete de abeja, concluimos que es peligroso sacar de contexto una canción y darle poderes más allá de su esencia lúdica. Es decir: no es de caballeros andar dedicando canciones. El meollo del asunto radicaba en la difícil empresa de reciclar canciones cada vez que cambiábamos de novia o de turno al bate, porque por muy analistas musicales que fuéramos se nos terminaban las opciones.

 

A veces la memoria no es suficiente, sobre todo rebasando los 30 años, por lo que sería muy conveniente llevar un registro, una bitácora, un little black medical book como el de las enfermeras, de acuerdo con Eric Stoltz en 'Pulp Fiction', para evitarnos papelones como los del Toronjo y muchos de ustedes, ya me dirán si miento.

 

Durante un tiempo detesté a Depeche Mode porque a una ex se le ocurrió mentar que era el grupo favorito de su ex más significativo. “Depeche Mode es una girly band, con razón le gusta”, recuerdo que le dije nada más por ardilla.

 

 

 

No obstante, la irresponsabilidad no es del todo nuestra ya que, por desgracia, las canciones que más nos llegan, sean románticas o no, tienen la maleabilidad de los sentimientos, se adecúan a nuestro presente y encajan sus engranes con los de nuestra maquinaria emocional tan necesaria de combustible.

 

 

Cuando dedicas una canción y tu relación se va al retrete sientes como si te arrancaran los órganos y no es del todo descabellado buscar un acuerdo con la rijosa como si se tratase de la separación de bienes: “tú te quedas con el buró, el refrigerador, la sangüichera que nos regaló tu tía la gorda y estas rolas tuyas que ni me gustan y a mí regrésame las mías”, pero el virus ha sido inoculado. No está de más reconocer que tengo algunas canciones prohibidas que no puedo ni postear en Facebook porque, encima, la mayoría de mis ex comparten red social conmigo (sí, ya sé que soy un idiota). Y si acaso se me ocurre mentar alguna de esas piezas corro el riesgo de provocar un espejismo de añoranza. Lo mismo sucede con los bares románticos y a media luz de la Condesa porque la mesera de siempre, la guapa de rulos rojizos, parece disfrutar el momento de decirme: “otra vez por acá, joven”. ¬¬

 

Finalmente, al salir de casa del Toronjo, le dije a la Mafer que no fuera tan dura con él, le expliqué la teoría de la maleabilidad de las canciones y, con esa sonrisa en donde todo cabe, me espetó: “Ya lo sé, sólo es para disciplinarlo, de todas formas tú me dedicaste esa canción hace un par de años, no se te olvide”. Yo sólo sonreí y me prometí, en silencio, dejar de andar desperdiciando mis canciones.

 

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