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7 años
Acuarela rápida del maestro Guillermo Samperio
Jueves, 15 de Diciembre de 2016 1854 eRRe 1

Acuarela rápida del maestro Guillermo Samperio

Empecé a trabajar con Guillermo Samperio a principios del presente milenio. Fue curioso porque me llegaban noticias de él por canales distintos. Mi amigo Leo Tenorio, vecino de la Narvarte, me platicaba en los largos trayectos que nos echábamos al volver de Santa Fe hasta nuestro barrio con motivo de un posgrado de un escritor locochón que habitaba los rumbos, dado al buen choro, la buena música y la buena mota. Por otro lado, mi amigo el Güero me comentaba que había oportunidades de chamba con un escritor llamado Guillermo Samperio.

Yo a Samperio lo conocía por su libro de cuentos Lenin en el futbol, que es un ideal para todo aspirante a escritor. Lo que más me gustaba del libro es que le tiraba buena onda al lector, lo cual se dice más fácil de lo que se escribe. Estuve colaborando esporádicamente con su naciente despacho de Adhoc Ingeniería Cultural, luego me integré de lleno durante unos meses en su casa-oficina-taller de Nicolás San Juan (luego se mudaría a la calle de Yacatas, más enclavado en la Narvarte).

Con Samperio afiancé mi hábito de dar trato de “maestro” a las personas. Yo ya traía la costumbre por mi maestro Alo, de Guanajuato, con quien siempre nos hemos llamado así y hablado de usted. Yo a Samperio, pese a que todos le decían Guillom y hablaban de tú, siempre lo traté de usted y de maestro, lo cual lo sacaba un poco de onda y creo que hasta lo hacía dudar de si lo decía en serio o era una especie de sarcasmo. Y realmente era ambas, pero él mismo lo sabía, él mismo aconsejaba que si hablabas con una persona le dieras trato de “maestro”, porque con lo de “licenciado” siempre corrías el riesgo de que te corrigieran, “no soy licenciado”, pero al título de maestro nadie se resistía. Tenía el toque exacto de cortesía y condescendencia.

Otro hábito que fortalecí al lado del maestro fue el de la nicotina. Yo siempre había dicho que el tabaco no era problema mientras no dependieras de él para trabajar, estaba bien fumarlo en las pedas, de repente para el desestrés… pero con Samperio se fumaba todo el tiempo. Aquel era el amanecer de las prohibiciones para los fumadores, pero en el santuario samperiano, parecía más bien que quienes quisieran respirar aire libre de humo, eran los desterrados. Se fumaba a todas horas. Cajetillas de distintos colores, mentolados, lights, extra, con filtro, sin filtro. Con Samperio, si te considerabas vicioso, acababas convenciéndote de que fumar era una religión.

El último eje, aunque quizá el más trascendente, de la cotidianidad con el Samper eran las mujeres. Toda conversación con Samperio inevitablemente llevaba a una mujer. Pero no una mujer en abstracto, el tacto de una mujer, el aroma de una mujer, la plática con una mujer, la humedad de una mujer, el cerebro de una mujer. Una mujer siempre llevaba a una historia. La mujer siempre como narrativa. La mujer detonaba la imaginación. Ellas habitaban un cuento.

Guillermo Samperio conocía los mil y un caminos para resolver una narración. Eso no era un problema. El problema era que había que encontrar cómo decirlo con una pizca de verdad y un montón de belleza. Aun así, yo nunca lo vi como un escritor. Porque los escritores son mamones, egoístas, esconden sus recetas con mayor recelo que el coronel Sanders, pero Samperio era generoso, desmadroso, aguantaba carrilla. Era un compa más de la colonia que incluso sabía cuadrarse. Una vez dijo de mi banda, el colectivo Toque & Rol, que éramos la mafia de la Narvarte. Era a toda madre.

En su velorio alguien dijo que él desayunaba y escribía, leía y escribía, veía la tele y escribía, cenaba y leía, se dormía y leía, y escribía, y así al día siguiente, hasta la locura. Sí, Samperio estaba loco, quien lo conocía, lo sabía. Yo mismo debo admitir que por eso no pude quedarme mucho tiempo a su lado, porque uno ya de por sí apenas puede con su locura, para cargar la de alguien más. Pero de Samperio aprendí que de eso se trata esta empresa en la que nos meten al nacer, todos estamos locos, así que sólo procura ser capaz de mantenerte dentro de tu propio imperio demencial.

A Guillermo Samperio le gustaba la balada, el pop, los sones huastecos, el jazz y el folklor. Pero vivió sobre todo al ritmo del rocanrol. Pfff... tanto que he escrito y tantas historias más que podría contar. Baste decir que Guillermo Samperio fue mi maestro, mi amigo y que voy a extrañar saberlo por el barrio... y por la vida.

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